Alguien que te guíe para mirar el cielo

25 Noviembre 2009
By Manuel Harazem

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Todos los átomos pesados de nuestro cuerpo son polvo de estrellas muertas.

Luis Álvarez Gaumé (Físico).

Durante un par de años de mi adolescencia tuve la suerte de gozar de la amistad de mi tío abuelo Ortiz. El tío Ortiz tenía su reino (republicano) en su azotea del barrio de Santa Marina y algo más tarde me emocioné encontrándolo también en la azotea de Epicuro de El árbol de la Ciencia de Baroja. Pero mi tío, al contrario que Iturrioz, no era un escéptico empedernido, sino un luchador. Vencido, pero luchador. Y autodidacta. Obligado a cuidar ganado en la sierra desde muy, muy pequeño, allí aprendió a leer con los papeles impresos que caían en sus manos y que le interpretaban almas caritativas con las que topaba. Ello le permitió ya en su juventud aprender mecánica y astronomía, dos de sus pasiones, en libros que compró en tiendas de lance. La mecánica le serviría para colocarse en la fábrica de aceites de Baldomero Moreno donde llegó a hacerse imprescindible y la astronomía, aparte de para explicarse los fenómenos que llevaba contemplando desde niño, para guiarse de noche en su larga huida por la sierra hasta el frente republicano escapando de los falangistas que al poco del golpe de estado fueron a su casa a buscarlo para convertirlo en abono de jaramagos como pudo alcanzar a escucharles decir antes de escapar por los pelos por un ventanuco trasero. Por rojo. Su tercera pasión fue el esperanto, una lengua a la que concedía la posibilidad de fundamentar el entendimiento entre todos los humanos para la consecución de un mundo libre de injusticias, con la ayuda de las teorías anarquistas.

Tras el definitivo triunfo de la revolución fascista regresó y sólo se libró de ser fusilado por la intercesión del dueño de la fábrica, a la que volvió tras dos años de cárcel con alma de vencido y una clavícula desbaratada por efecto de las torturas. Muchos años después me aceptó como discípulo y se empleó en el empeño de inocularme la pasión por la lucha por la igualdad y la justicia. En las noches de verano en la azotea, además de enseñarme a fumar, me explicaba los mecanismos que rigen el funcionamiento del mundo de la política y la economía con una claridad y un rigor que aún hoy, casi cuarenta años después, me siguen sirviendo de manual básico de entendimiento. Así mismo, la mecánica de los astros le permitió asegurarme de que no era necesario, ni deseable, que un ser superior rigiera los destinos del universo, y mucho menos que hubiera una sola posibilidad de que la agrupación de estrellas en constelaciones (y las conocía y amaba a todas) interviniera en el carácter y el destino de las personas. Lo que nunca consiguió, a pesar de sus denodados esfuerzos fue inocularme sus otras dos pasiones: la astronomía por sí misma y el esperanto. Ni yo conseguí nunca verle la gracia. Lo importante estaba para mí en la tierra y no en el firmamento. Pero él siempre insistía. Mirando el cielo nunca te aburrirás. No hay nada más fascinante que ver cómo cambia, que intentar conocer todas las cosas que hay en él, me decía. Porque si hay algo que siempre está contigo, que nunca te abandona, es el techo celeste. La forma de las nubes, sus agrupaciones, los colores del atardecer, el diferente titilar de las estrellas, las constelaciones… Ponía tal empeño que conseguía crearme zozobra y remordimiento la patencia de mi desinterés. Ahora se me ocurre a veces que sus enseñanzas políticas no fueron más que cebos para aficionarme a la contemplación del cielo. Por supuesto, nunca tuvo telescopio. Y no sé si lo necesitó. Lo suyo era la simple vista, el ver cómo se sucedían los días encima de su cabeza proporcionándole un espectáculo maravilloso. Murió cuando yo tenía 17 años.

Por eso me he vuelto a emocionar tanto con un precioso y preciso libro que acabo de releer y que me ha trasladado de nuevo a aquellos días felices de cielos estrellados y charlas demoradas junto a mi tío en la azotea de Santa Marina, como ya me ocurriera en la primera lectura. A ras de cielo de David Galadí-Enríquez. Lo que el pobre Ortiz no consiguió hace tantos años lo ha vuelto a intentar este cordobés de la diáspora con mejor suerte. A Galadí, astrofísico de la Estación de Calar Alto (Almería), lo conocí hace un poco más de un año,  el día en que asistí a una conferencia que impartía, a la que me llevó un amigo y cuyo tema me hacía temer lo peor. No recuerdo el título exacto, pero hacía referencia, inquietante y sospechosamente dado mi incurable escepticismo, a la posibilidad de existencia de vida extraterrestre en el universo. Me dispuse a escuchar en estado de prevengan pero he de decir que a los pocos minutos de comenzada la charla me sorprendí deslumbrado por su claridad expositiva y su impecable línea argumental. Partiendo de los presupuestos de la revolución copernicana, que por primera vez sacó al hombre del centro del universo, siguiendo por la evolución progresiva de los conocimientos científicos de la modernidad y llegando hasta las últimos descubrimientos en el campo de la astrofísica, trazó la idea de la asunción de la cada vez mayor conciencia de nuestra extrema insignificancia en el enormidad del universo. Es esta misma conciencia la que nos conduce a la posibilidad de deducir que no sólo el mismo proceso que llevó al surgimiento de la vida (no de la vida inteligente, que esa es otra cuestión) en determinadas condiciones en un planeta perdido de una galaxia no menos insignificante, pudo haber ocurrido en otro de los miles de millones de planetas que ya se sabe que existen, aunque no hayan sido computarizados, sino que lo acientífico sería asegurar categóricamente que no haya ocurrido.

Discutiendo el tema con mi amigo a la salida me comentó que el conferenciante tenía publicado un libro divulgativo de astronomía que merecía la pena leerse. Y como yo soy fiel a mis amigos y además había salido gratamente sorprendido de la charla de su autor, le hice caso y lo compré. Una inversión impepinablemente rentable: pasé dos tardes deliciosas preso de la fascinación, atrapado en la trepidante aventura del desvelamiento de las causas de decenas de fenómenos naturales, de la mano firme del autor de la que se presentaba en su subtítulo como una guía de observación astronómica para conocer el firmamento. A simple vista. Sin necesidad de usar telescopios, catalejos, ni prismáticos. Todos los fenómenos que los hombres pudieron contemplar desde siempre a simple vista explicados rigurosamente a la luz de los conocimientos actuales y en un lenguaje asequible, aunque sin concesiones al faciloneo populachero. El por qué del color del cielo, diurno y nocturno, el de los planetas y estrellas, las causas de la titilación de éstas últimas, las mareas, los efectos lunares… Todo con un absoluto rigor y una amenidad pasmosa. Una incitación irresistible a detener nuestro paso, sentarnos y disfrutar de prácticamente lo único que podemos obtener gratis en nuestra vida y de cuya hermosura, tal vez por eso mismo, no somos casi nunca conscientes. Una fascinante explicación de por qué vemos la luna más grande cuando aparece en el horizonte que cuando luce en el centro de la bóveda celeste me llevó al borde del derretimiento. Podría apuntárosla aquí, pero el que quiera peces que se moje el culo. En el libro está.

Pero es que además en A ras de cielo, Galadí toca mi fibra profundamente escéptica azotando inmisericordemente, usando como látigo un hilarante sarcasmo, a los ufólogos y demás fenómenos humanos de la estupidez contemporánea, así como a los astrólogos y sus delirantes convicciones de que la posición de las estrellas o una determinada fase de la luna en la fecha del nacimiento de cualquier humano determina el que llegue a devenir en un ser bondadoso o un hijoputa con los ojos malos. Desde luego debería ser de obligada lectura para todos aquellos que estén dispuestos a resolver posibles dudas en sus convicciones simplemente heredadas y asumidas sin aparato crítico.

Pero si a mí me ha encantado y me ha hecho comenzar a mirar mucho más hacia arriba, a mi tío le hubiera gustado saberlo y sobre todo le hubiera resultado tremendamente útil su lectura. Además hubiera hecho unas magníficas migas con él autor, porque acabo de descubrir que Galadí aparte de un reconocido astrofísico y un magnífico divulgador es también un ¡¡¡experto esperantista!!! Lo acabo de saber por la red. Hay que ver lo que los astros nos tienen reservado…

Un detalle inquietante del libro es que esté editado por Almuzara… ¡lagarto! ¡lagarto!

De todas formas, os recomiendo su compra encarecidamente. Un buen regalo de Reyes o de Papa Noel o de Fiestas de Invierno. Así crecerán las posibilidades de que el señor Pimentel comparta sus ganancias con el autor.

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7 Responses to “ Alguien que te guíe para mirar el cielo ”

  1. crápula on 25 Noviembre 2009 at 3:23 am

    Precioso y emotivo relato engarzado a estelar lectura para este momento crapulístico y nocturno con el cielo plagado de astros.

  2. El ripio on 25 Noviembre 2009 at 11:27 am

    Supongo que el cielo que mirabas con tu abuelo en la azotea de Santa Marina, nada tiene que ver con el que miramos ahora desde el mismo sitio. La contaminación ambiental y lumínica ha simplificado mucho el mapa estelar que podemos ver desde las ciudades. Y eso que aun en Córdoba si la noche está clara y no vives pegado a una avenida de luces amarillas, quizás puedas contar 20 o 30 estrellas. En Madrid hace años que las únicas estrellas que pueden ver por la noche son las siete de su bandera. No hay más.
    Bonito relato, gracias.

    • Manuel Harazem on 26 Noviembre 2009 at 13:23 pm

      Precisamente en el último capítulo Galadí hace un llamamiento a la recuperación del cielo, absolutamente disociado actualmente de los urbanitas por el monstruoso derroche lumínico y propone unas muy sensatas y posibles soluciones.

  3. Iznogud on 25 Noviembre 2009 at 12:13 pm

    Siento romper la magia y el encanto de tan emotivo relato, pero parece necesario comunicar que el autor de esta obra se encuentra entre quienes han tenido que denunciar a Almuzara por impagos. Lo cual no impide recomendar encendidamente la adquisición de la obra, faltaría más.

  4. Manuel Harazem on 26 Noviembre 2009 at 12:28 pm

    Ya me imaginaba que el autor de este libro estaría entre los afectados por la “caballerosidad andaluza” del señor Pimentel. Como todos los demás ¿no? ¿O hay quien si cobra? Por ejemplo, Primo Jurado, que tiene publicadas todas sus deposiciones literarias en Almuzara, ¿es de los que cobran?

  5. Manuel Harazem on 26 Noviembre 2009 at 12:34 pm

    Una causa más para mirar al cielo, a las estrellas, es por simple agradecimiento. Resulta que se sabe que papá y mamá (Adán y Eva) no es que estén en el cielo, sino que son el cielo. La cita que coloco al principio del físico Álvarez Gaumé habla de eso y al propio autor del libro que comento, David Galadí, le escuché en una entrevista que le hicieron en la tele lo mismo, más precisamente, que sabemos que cada átomo de carbono o de calcio que tenemos en los huesos procede de explosiones estelares, del interior de las estrellas.

    Eso de que somos “polvo de estrellas” mola mucho más que las gilipolleces de los creyentes, ¿que no?

    Otra cosa que olvidé es apuntar que cada capítulo del libro se abre con una preciosa cita poética o literaria. Certeras y emotivas.

  6. Raquel Morrison on 26 Diciembre 2009 at 16:02 pm

    Aspecto que tenía esta mañana la exposición de David Galadí en la Diputación, totalmente desmontada por la lluvia.

    http://otracordobaesposible.wordpress.com/2009/12/26/danos-colaterales-lluvia-sobre-la-exposicion-de-astronomia-en-diputacion/

    ¿Habeis podido verla alguno/a en su montaje inicial?

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